Había una vez un caballero al que le gustaba alardear de sus habilidades con la espada. Era famoso, orgulloso y lleno de prejuicios, y nunca desaprovechaba una oportunidad de demostrar lo formidable espadachín que era.

Un día, caminando por la ciudad vieja rodeado de admiradores, se dio de bruces con un limpiabotas. El pobre hombre estaba recogiendo sus herramientas y su betún y no lo vio, con lo que los dos acabaron por el suelo, limpiabotas, caballero, espada, cordones, reliados en la larga y cara capa del espadachín, que se manchó bastante de betún y cera.

-‘¡Juro por Dios que nunca vi un patán tan estúpido, tú, escoria! ¡Debería matarte por esto, si mi espada no fuese tan noble de no derramar otra sangre que la de un rival digno! ¡Cómo osas siquiera tocar la espada del mejor espadachín del Reino!’.

El pobre limpiabotas se sintió morir. Pero había oído hablar del espadachín más grande de todos y, siendo él mismo un soñador, no pudo evitar preguntar: ‘Sois… Don Diego de Silva y Menéndez?’.

Esta fue la gota que colmó el vaso para el noble. ‘Cómo te atreves… ¡ese NO es el mejor espadachín, ese es solo un gusano que dice serlo! ¡Morirás aquí y ahora!’.

El limpiabotas estaba lívido, cubierto de sudor frío. Rogó una vez más: ‘Pero, milord, como vos mismo dijisteis, yo no soy digno de vuestra espada…’.

-‘Tienes razón, babosa. Morirás por tu insolencia, pero no por mi espada. Si admiras tanto a ese Don Diego, ahora tendrás una oportunidad de vivir. Le buscarás y le arrebatarás su espada. Si consigues tener su espada en tus manos sin que te mate primero, entonces yo también te perdonaré la vida. Como sabes, ningún espadachín permitirá nunca que otro hombre tome su espada sin antes luchar hasta la muerte. Y si no lo consigues, entonces te mataré yo. Así que tú eliges: o mueres por su espada, o por la mía’.

El pobre hombre replicó: ‘ni el más mínimo conocimiento de la espada poseo, milord. Si voy a morir, dejadme aprender al menos del mejor. Si vos lo intentáis primero y conseguís la espada de Don Diego, habré aprendido de vos, habréis prevalecido sobre vuestro rival como el espadachín más grande, y me mataréis de todas formas, así que seréis tres veces vencedor’.

El espadachín sintió el abrazo del orgullo y la gloria y respondió: ‘así sea’.

Así que al día siguiente, buscó a su enemigo. Lo encontró en una callejuela y gritó: -‘Don Diego de Silva y Menéndez, vive Dios que sostendré vuestra espada en mi mano antes de que podáis respirar’.

-‘Por Dios, juro que tendréis que matarme primero, mi querido enemigo’, replicó Don Diego.

Y ambos lucharon con fiereza. Que, siendo Don Diego mucho mejor espadachín, acabó con el malvado noble por el suelo y escapando de la muerte por un pelo. Y, tan pronto como se recuperó, se fue a por el pobre limpiabotas a reclamar su venganza. Siendo un hombre de palabra, el pobre hombre hizo honor a su promesa.

Al día siguiente, montó su humilde puesto de limpiabotas en una calle por la que le dijeron que solía pasar Don Diego. Nunca se habían visto antes pero cuando lo encontró, supo que era él.

Habló: -‘Si mis ojos no me engañan, vos sois Don Diego de Silva y Menendez, El más grande y noble espadachín que este Reino ha conocido. Las hazañas de vuestra espada son cantadas por trovadores, y vuestra nobleza y valentía se reflejan en vuestro rostro’.

Don Diego se maravilló de que un limpiabotas se dirigiera a él de esa forma. ‘Me complacéis, buen hombre, y quiero daros las gracias por ello. ¿Cómo puedo seros de ayuda?’

El limpiabotas se quedó en silencio y dudó un momento y, entonces dijo: ‘jamás en mi vida me atrevería a pediros nada, milord, sino una sola cosa que querría rogaros antes de morir, y eso sería poder ayudaros yo’.

Don Diego sintió curiosidad y sonrió. -‘¿ayudarme? ¿Cómo?’

-‘Todo lo que poseo en este mundo está aquí conmigo, sire. Mis cepillos, mi puesto, mi betún. Así que ¿cómo podría sentir que os ayudo sino limpiándoos las botas por nada? Solo para vivir desde hoy y decirle a todos que una vez ayudé a Don Diego de Silva a ser mejor parecido en sus botas’.

Don Diego rompió a reír. ‘Es pequeño favor el que pides. Por favor, límpiame las botas, pero te pagaré por ello, el doble si me satisface el resultado’.

El limpiabotas dio lo mejor de sí y aplicó a conciencia su mejor pulimento, cepillando y tornando el cuero gastado, reseco y manchado en una superficie viva y de un marrón profundo. Don Diego estaba atónito. -‘Realmente eres el mejor limpiabotas que nunca conocí’, le dijo.

Entonces se fijó en que la vaina y la empuñadura de su espada también estaban gastadas y resecas, y preguntó: -‘¿Por favor, podrías obrar el mismo milagro con mi espada? Es mi posesión más preciada y querría que me durase muchos años más’. Y, diciendo esto, la soltó con cuidado de su cinturón y se la dio al hombre.

El limpiabotas sostuvo la espada del espadachín más grande en sus manos. Sintió lo ligera y equilibrada que era. La obra de un maestro espadero. Con todo mimo, extrajo la hoja de la vaina y la apoyó sobre su puesto. Se concentró en los puntos más débiles de la funda y el mango, y los arregló con una cera especialmente rica. Entonces bruñó cuidadosamente la funda, volvió a envainar la hoja y se la devolvió  su dueño.

-‘Tomaste mi espada y trabajaste como si tu vida dependiera de ello, mi querido limpiabotas. Déjame compensarte por ello’.

-‘Por favor, no me paguéis nada, milord. Solo con tomar de vos vuestra espada y sostenerla en mis manos, habéis cambiado mi vida por completo. Esa es recompensa suficiente’.

-‘Entones seamos amigos por el resto de ella. Como mantengo una deuda con vos, dejadme pagaros con mi vida. Desde hoy, defenderé la vuestra con la mía. Si alguna vez quienfuera os molestase o amenazase, se encontrará con mi espada de por medio’.

El limpiabotas hizo una profunda reverencia ante su amigo, quien también hizo una reverencia ante él. El único hombre sobre la tierra que pudo nunca tomar la espada de Don Diego, de sus propias manos.

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