“Señora, su hijo es un inútil.

Hace sólo tres meses que comenzó su escolarización. Y no necesito más tiempo para asegurarle que nunca podremos hacer de él un hombre de provecho.

Siempre podrá trabajar en algo, supongo. Yo en su lugar lo sacaría de aquí”.

“No se preocupe, eso haré” -respondió la madre del pequeño al director del colegio. “A partir de ahora, yo me encargaré de su educación”.

Años más tarde, Thomas Alva Edison recordaba con cariño y agradecimiento la dedicación de su madre al ocuparse de que estudiase en casa.

“Todo lo que soy se lo debo a ella. Siempre creyó en mí. Y gracias a su apoyo y su fe, yo sentía que tenía algo por lo que vivir, alguien a quien no debía defraudar”.

Es difícil calcular el efecto que pequeños detalles, incluso gestos insignificantes, pueden llegar a tener en nuestras vidas, en que seamos quienes somos.

No podemos saber en qué momento de su infancia quedó grabado en la mente de Thomas el sentido de la responsabilidad que le inculcó su madre con su ejemplo. Ese mismo que le llevó, un día que caminaba por su pueblo de Port Huron, en Michigan, a arriesgar su vida para salvar la del pequeño de tres años Jimmie MacKenzie, cuando estaba a punto de ser arrollado por un tren.

El padre de Jimmie, funcionario de ferrocarriles, quedó tan agradecido que se ofreció a formar al joven Thomas (que se ganaba la vida vendiendo caramelos y periódicos en los trenes) como telegrafista. En este nuevo empleo, Edison descubrió la electricidad…

Movido por su curiosidad natural, empezó a experimentar con ella, hasta que, en 1879, consiguió fabricar la primera bombilla comercial.

Ni el haber crecido en un hogar humilde ni su sordera desde niño le impidieron desarrollar su perseverancia y su sentido del humor.

Como él mismo diría: “No fracasé 10.000 veces antes de conseguir mi bombilla; tuve éxito 10.000 veces en introducir el cambio preciso que, al final, me llevó a crearla”.

DEJA UNA RESPUESTA

Please enter your comment!
Please enter your name here