Ya sabemos que no hay nada más gratificante que ver cómo alguien que dice que algo es imposible es interrumpido por alguna persona que lo esté haciendo.

Quién no admirará y envidiará a esa persona… y se preguntará cuál es su secreto, la chispa para hacer lo imposible posible.

Buenas noticias: hacer lo imposible posible es un toque. Un toque que puedes aprender. Solo es cuestión de cambiar tu forma de pensar. Y, de verdad, es muy fácil de conseguir.

Hemos estado usando el pensamiento crítico (la lógica lineal, la tradicional) durante unos 2.500 años. Recogemos los hechos, estudiamos la situación, hacemos las deducciones y ajustes necesarios, y todo saldrá bien. Platón, Sócrates y Aristóteles lo inventaron y ha funcionado bien desde entonces. Todo lo que somos como sociedad, se lo debemos a ellos.

Pero la lógica tradicional tiene una pequeña pega cuando se emplea para resolver problemas. Y es que, sistemáticamente, arranca de la experiencia previa, de todo lo que hemos aprendido hasta ahora. Y así es poco probable que se produzcan innovaciones radicales; de hecho, puede incluso perpetuar problemas existentes.

Por suerte, en 1967, el doctor Edward de Bono creó el concepto de pensamiento lateral: un conjunto de técnicas para cambiar radicalmente nuestro punto de vista sobre un problema y encontrarle soluciones radicalmente creativas.

Una técnica particular de pensamiento lateral es la “resolución inversa de problemas“: partes de la solución actual a un problema determinado y, desde ahí, vas retrocediendo hasta que aisles el problema en sí, tan claramente como puedas. Entonces, desde ahí, olvidándote de cualquier condición previa, empiezas a construir de nuevo, hasta que alcances una solución nueva que esté libre de pegas o limitaciones heredadas.

Eso es exactamente lo que ha hecho un equipo de la Universidad de Stanford mientras estudiaba la necesidad de nuevas herramientas para combatir enfermedades tropicales en todo el mundo.

Una herramienta básica para ello es el microscopio. Pero los buenos tienden a ser caros, pesados y frágiles. Y ha sido así durante los últimos 400 años. Hasta hace tres meses.

¿Y si, utilizando técnicas como la innovación abierta y el crowdsourcing de ideas, pudiéramos repensar el microscopio? ¿Y si pudiera ser, barato? ¿Y llevarse en el bolsillo a cualquier lugar del mundo? ¿Y si fuera plegable? ¿Y si pudieras pisarlo y no se rompiera…?

“Hagámoslo de papel, con las lentes de polímero, y la luz con un LED de bajo consumo”. Obvio. Y lo hicieron.

¿Es barato? Bueno… la versión de lujo, con 2.000 aumentos, cuesta un dólar. Y la barata, de 800 aumentos, unos sesenta centavos. Tú eliges.

Hoy, el foldscope está ya salvando vidas en todo el mundo. ¿Y las aplicaciones? El equipo de Stanford ha creado una red abierta global con 10.000 beta-testers que están aportando ideas sobre nuevos usos. Juntos, vencerán quién sabe cuántas enfermedades.

A ver quién mejora eso… (…probablemente, aplicando tu pensamiento lateral, lo harás tú).

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