• ‘Buenos días, querido vecino, señor Guelphi’.
  • ‘Buenos días, señor Ghibellini. Qué preciosa mañana de primavera tenemos hoy. Se ha levantado temprano, ¿se va ya a trabajar su tierra?’
  • ‘En realidad, no; últimamente, no me he encontrado muy bien. Me duele la pierna; ya sabe, la gota’.
  • ‘Oh, le deseo una pronta recuperación. Vendré a visitarle alguna vez’.
  • ‘Muchas gracias. Es usted muy amable’.

El señor Ghibellini sí que tenía prisa por encontrarse con un maestro cantero y constructor. Había decidido buscar una forma de vigilar sus tierras desde su casa, en lo alto de la colina de San Gimignano, en mitad de la Toscana italiana.

‘Constrúyame una torre, tan alta como para que pueda ver mis tierras desde aquí. A propósito, si pudiera hacerla alta y fuerte, se lo agradecería especialmente. Después de todo, nuestra familia es del pueblo de siempre, y se nos respeta y se nos reconoce por nuestro buen gusto’.

Así que el maestro constructor creó una torre bella y alta, lo suficiente como para que el señor Ghibellini pudiera ver sus tierras desde la cima.

Y la torre fue la inspiración y el asombro de toda la villa.

Poco después, el señor Guelphi visitó al mismo maestro constructor. – ‘mis tierras están muy lejos de la villa y justo detrás de una colina muy empinada. Necesitaré una torre para vigilarla pero sospecho, solo por darle una orientación, que que tendrá que ser más alta que la de mi vecino’.

Así que el maestro constructor creó una torre más alta y más fuerte. Y fue el asombro de toda la villa.

Más adelante, otro vecino de la villa, que era un comerciante de lana muy acaudalado, fue a Roma a visitar a un renombrado arquitecto. -‘Necesitaría una torre para mi casa de San Gimignano; tiene que ser alta y fuerte, porque poseo muchas tierras que se extienden muy lejos de la villa. Y tendría que ser hermosa, siguiendo nuestra tradición como protectores de las artes y custodios de nuestra gloriosa herencia arquitectónica’.

Y el renombrado arquitecto construyó la torre más magnífica que jamás se hubiera visto. Y fue el asombro y la admiración de toda la villa.

Durante los doscientos años siguientes, 72 familias construyeron sus torres en San Gimignano, para poder vigilar sus tierras. Y la villa se hizo famosa por su belleza y por la riqueza de sus familias. Algunas torres eran más robustas; otras eran más altas; algunas eran clásicas y otras más avant-garde, generando todo tipo de debates sobre qué estilo debería ser promovido como el genuino ‘san-gimignánico’…

Al final, no era cada día que la gente encontrara el momento para escalar sus torres y vigilar sus tierras pero, al final, quién necesita vigilar sus tierras cada día cuando tienes que ir cada día a trabajar en ellas, de todas formas.

Ochocientos años más tarde, de esas 72 torres, quedan en pie 14. Y San Gimignano, una villa única en la Historia, sigue aquí, para nuestro asombro. Gracias a la pura necesidad que, un día, un vecino sintió de vigilar sus tierras desde casa.

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